Durante la guerra de sucesión española, Navarra (a pesar del fiero sentimiento antifránces del pueblo) se posicionará a favor del Duque de Anjou (futuro Felipe V) en lugar de por el archiduque Carlos de Austria (como lo hicieron los reinos de la Corona de Aragón). Es por ello que tanto Tudela como Sangüesa fueron ocupadas por las tropas austríacas. A la finalización del conflicto Navarra, al igual que las provincias vascas conservaron sus fueros frente a los reinos de la Corona de Aragón, declarados traidores por Felipe V y despojados de sus prerrogativas forales por los Decretos de Nueva Planta. Lógicamente, la nueva dinastía reinante en Madrid se mostró mucho más centralista y menos pactista que la Habsburgo y en diversas ocasiones el régimen foral fue puesto en entredicho desde el gobierno de la monaquía.

Ya en el siglo XIX y tras la derrota carlista cuyo movimiento solo triunfo en algunos pueblos de Navarra, en la primera de las guerras de ese nombre, la élite política del reino (de carácter liberal, pero fuerista) imbuida de la llamada ideología del fuerismo liberal iniciará negociaciones con el gobierno liberal para modificar el régimen foral siguiendo lo dispuesto en el Decreto de Confirmación de Fueros de 1839 (compromiso de respetar los fueros "sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquía", con el que había finalizado la guerra). De esta manera en 1841 y mediante la llamada Ley Paccionada Navarra perdió la condición de reino y pasó a ser considerada como una "provincia foral". Con lo que pierde definitivamente su soberanía en favor de una soberanía española. Con ello pierde prerrogativas como la exención del servicio militar, y la acuñación de moneda propia, así como viendo el traslado de las aduanas del Ebro a los Pirineos.